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miércoles, 19 de julio de 2017

Tiempo de quiebre

Dicen que todos los vecindarios guardan historias de amor memorables o como en este caso, de amistad.
Conozco a Sebas desde hace muchísimos años, de cuando bordeábamos los siete y solíamos jugar en la calle acompañados de otros niños, todas las tardes de verano.

Sin embargo, por esos días aún no éramos nada. Ser lo que somos se dio con el transcurrir de los años, producto de una casualidad o de algo predestinado que propició nuestro reencuentro, pero ya de adolescentes. Y desde entonces, no nos hemos separado salvo por un lapso o tal vez deba decir lapsus por parte de él que lo impidió estar conmigo en uno de los momentos que más lo necesitaba, pero que en algún detallaré.

Sebas vivía a siete casas de la mía y era costumbre de niños jugar cada verano. Nos divertíamos a rabiar con las descargas de adrenalina en cada vida salvada con <>, <>, <>, etc. y para terminar la euforia al caer la noche, unas vueltas con la <>. Oportunidad perfecta para besarse.

Lo cierto es que Sebastián se volvió un fan más, él moría por la niña de enfrente de su casa, ella se llamaba Laura. Era su increíble belleza lo que cautivaba a los niños del barrio. Su belleza era el brillo de sus cabellos castaños, sus ojos café, muy bien delineados, nariz perfilada y unos labios carnosos por demás excitables. Rasgos tan perfectos como para tener un club de admiradores.

Mi amigo solo esperaba el momento para declararse. Sin embargo, parecía que nunca iría a llegar. Ernesto era el muchacho que no perdía el tiempo cuando hay víctimas por conquistar así que a Sebas no le quedó más remedio que resignarse y aguardar.

Pasaron los meses y llegó lo terrible en la vida emocional adolescente, Ernesto fue más oportunista, más aventado, más cazador, más territorial como lo es un varón inquieto y persistente en plena fiesta hormonal.

Cuando Sebas se enteró, empezó a planear el golpe y poner fin de una vez a su angustiada espera.
Por la noche, no durmió, se la pasó contando las palabras que vendrían a su mente frente a ella. Detrás del espejo había pánico encerrado.

Las horas se fueron sin más por contar. Con el canto de las aves, aclaró.  Sebastián se recuperó, miró el reloj que ya marcaba las seis de la mañana, respiró profundamente y se levantó.
Aunque para él fuese un gran día, no lo era tanto para mí, será porque en aquella época no había aún mayor vínculo que nos uniera que el de jugar y nada más.

Me enteré de la respuesta de Laura muchos años después, cuando nuestra amistad se volvió madura. Según Sebas, la respuesta lo volvió frágil y decisivo con su vida sexual.

Son muchos los recuerdos que tengo. Hemos vivido experiencias juntos, de adolescentes a adultos. Creciendo, aprendiendo de nuestros errores y un poco de éxitos. Han sido varias las ocasiones por impulsarlo, a pesar de sentirme como en un hoyo.

De eso se trata, vivir del tiempo de quiebre. Ese vínculo que fue una vez especial y que compartimos. Era ir por ahí, hacia el último rincón del mundo. El tiempo de quiebre es pensar en ese lugar que nos espera cuando llegue lo siguiente y lo que Dios tenga reservado. Tiempo de quiebre es hablar de todos los inolvidables momentos que vivimos juntos.

Cuando llegamos a la secundaria, cuando nos perdíamos y el alcohol era el centro de la vida. Era vida para los amores, cigarrillos y alcohol, mucho.

Tiempo después, por inercias de la vida social, Sebas tuvo una chica. Logró un poco eso de ser enamorado. Las chicas no le eran importante, no más que Rodrigo. El novio que se podía desear, pero él era de Dulce. Y Dulce era de él.  A veces pienso que el amor tiene fecha de vencimiento.

Solo fueron coincidencias y nos enrolamos. A mí me gustó aún siendo de ella,  solo que mi silencio y dejarlo al tiempo fue tal vez lo que nos unió. Rodrigo y yo estuvimos cerca de un año.

En este tiempo mi amistad con Sebastián fue accidentada. Yo llegué a sentir celos y fastidio cuando llegaba con su bicicleta a entretenerlo. Sin embargo, los meses pasaron, me sentí forzada a terminarlo.
Al poco tiempo Sebastián volvió a mi vida como cómplice de mi soledad.

Fue una mañana de paseo en bicicleta cuando me lo confesó. En la noche de mi cumpleaños, ambos se embriagaron; mientras que yo me despedía de los invitados. Ellos se quedaron en la terraza, riendo, respirando el aire tibio de un verano prolongado. Las distancias poco a poco se fueron acortando cuando la mirada se volvía intensa. Casi sin pretenderlo, se quisieron nunca antes tanto con lo profundo de un beso.

El tiempo de quiebre es más importante que todo pasado, el presente eres tú y lo que te espera. El tiempo hace relaciones, pero también las vaporiza.

Por los momentos especiales, por los difíciles; Sebastián era mi hermano, el amigo con quien perderse en ese último rincón que queda en el mundo.

#TiempoDeQuiebre #CuentosDesdeLaHabitación